Margarita es una señora mayor, con el pelo blanco corto y gafas. La piel de su cara tiene luz, esa que la ternura de sus ojos es capaz de ensombrecer con su brillo. Habla pausada, es educada y muy amable. Lleva un jersey de rayas blancas y negras. Margarita, además, tiene el corazón roto. Se ha deshojado.

Al terminar la tertulia, Margarita se acercó a mí.

A mi hija casi la mata su marido, dijo.
Porque yo vivo en el piso de arriba y pude bajar cuando escuché los gritos.
A mí me pegó también él, añadió.

Yo le dije lo que pensaba: No lo sé. Y lo siento mucho.
Le di la mano con la que ella se prestó a buscar la mía.

¿Cómo puede alguien negar que exista la violencia de género?, me preguntó con una paz inaudita.

Y yo, con la impotencia de no poder hacer más, le dije lo que pensaba: Tampoco lo sé, Margarita. Pero voy a hacer todo lo posible por re-construir la sociedad, para que sea pacifista, más justa e igualitaria. Juntas, usted y yo y las personas que quieran, lo vamos a conseguir.

¿Te puedo dar un beso?, me dijo.

Por favor, le respondí.

Y nos despedimos, sin saber ella que, quizá para no volver a vernos, acaba de dejar una de sus hojas en mi corazón.

Esta conversación es un caso real que tuvo lugar tras impartir el taller 9 mentiras sobre feminismo que deberías conocer.
“Algo he debido hacer bien durante el taller”, pienso, para que estas personas se acerquen a mí y me cuenten su experiencia. “Algo estamos haciendo mal como sociedad y sistema”, pienso, cuando hay personas que buscan refugio en desconocidas, que buscan respuestas en un taller de dos horas, que buscan apoyo en un cambio que no llega.  

El feminismo no mata. El machismo sí.

Por un mundo más justo.

Almen Molten para Mercedes Barrutia porque es Fundamental.

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