Un martes cualquiera, me di cuenta de algo: el teletrabajo está bien… hasta que deja de estarlo.
Yo venía de hacer periodismo local.
Todo el día en la calle con una compañera, grabando, haciendo entrevistas, bajo el Sol, la lluvia, el frío, trabajando en equipo… Con personas contándome sus vidas y, a veces, queriendo casarme con su hijo.
Mi rutina cambió por completo.
Te levantas, desayunas y si quieres no te quitas el pijama. O te pones el «chándal de trabajar», por no decir lo más viejo y cómodo del armario. Sin más detalles, por no decir sin pantalones cuando hace calor.
Te mandan un mail y, por muchas incongruencias que leas, siempre tienes tiempo de darte una vuelta sobre la silla y responder templadamente.
Nadie te ve la cara.
Si toca videollamada te peinas, buscas una sonrisa y te pones las gafas a juego.
Nadie te molesta especialmente.
Y, también, te vuelves la ermitaña de la cumbre.
Sí, con gorro de lana.
Cada vez te cuesta más trabajo hablar y hablar bien. Sólo tecleas.
No tienes ganas de salir a la calle y que te digan vamos a quedar casi es una molestia.
Con suerte, a lo largo del día, ves a una o dos personas. Y digo «ver» como sinónimo de relacionarse. Y al gato, que interactúa lo justo.
Te atrofias.
El cuerpo y la mente, claro.
Las habilidades sociales, la creatividad y las ganas se quedan rígidas.
Te alías con el móvil y con el portátil.
Y, realmente, nunca paras. Porque siempre puedes coger el ordenador y hacer eso que te falta o se te ha ocurrido de pronto.
Un día, tuve que ir a una reunión presencial. Al principio me parecían bien, pero luego cada vez dan más pereza, aunque sean cada tres meses.
Estás acostumbrada a no moverte de la pantalla y la silla forma parte de tu culo.
Puf, y yo ahora qué hago, piensas. Me tocaba quitarme el pijama y salir a la calle.
Me vestí y llegué a la reunión.
Y entonces pasó algo curioso: respiré.
Había una luz diferente, olía también diferente, había caras que sonreían y otras más serias, alguien me ofreció café, me dieron un abrazo (largo), me preguntaron qué tal estaba y qué tal mi madre. Unos se alegraron de verme y otros no lo sé.
Una frase que no encontraba apareció en una conversación breve.
Un proyecto que estaba atascado arrancó.
Ideas que tenía pidiendo pista, despegaron.
Un “¿cómo lo cuento?” se convirtió en “ya lo tengo”.
No era magia.
Era acompañamiento.
Era trabajar con personas.
Humanizado.
Compartiendo sonrisas, bromas, probablemente odios encubiertos, ideas y tazas de café.
Y esa es la clave de todo esto: un lugar donde trabajar que te mira con criterio y con cariño.
Así nace el Coworking de Mercedes Barrutia: un espacio inclusivo, ecofriendly, accesible y profundamente humano.
Un sitio donde tu jornada pesa menos y tu marca gana.
Si quieres saber cómo sería trabajar aquí, escríbeme y te cuento más.
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Calle Vizcaya 13, Armilla.
Detrás de la plaza de Las 3 Cruces, muy cerca de la parada de metro.